| «Cristo crucificado». Obra de Diego Velázquez (1599-1660). |
EL SUEÑO DE LA CRUZ
Anónimo
(siglo VIII)
¡Escuchad! Voy a contar el más hermoso de los sueños,
el que vino a buscarme en mitad de la noche,
cuando los hombres reposan.
Me pareció ver un árbol prodigioso
alzarse en el aire, ceñido de claridad,
el más resplandeciente de los maderos.
Aquel signo estaba cubierto de oro,
y piedras preciosas brillaban a sus pies,
mientras otras, cinco, relucían arriba,
en la unión de sus brazos.
Lo contemplaban los ángeles del Señor,
hermosos desde el origen del mundo.
No era, no, patíbulo de malhechores,
sino visión de santos y de espíritus puros,
de hombres sobre la tierra y de toda la creación.
Extraño y glorioso era aquel árbol de victoria.
Y yo, manchado por el pecado,
herido por mis culpas,
vi el árbol de la gloria
vestido de esplendor,
ceñido de alegría,
engalanado de oro.
Las piedras lo cubrían con dignidad,
al árbol del Señor.
Y, sin embargo, a través de aquel oro
pude entrever la antigua agonía de los desdichados:
comenzó a sangrar por el costado derecho.
Entonces se me llenó el alma de tristeza,
y tuve miedo ante tan hermosa visión.
Vi aquel signo apresurado
mudarse de color y de vestido:
unas veces empapado en sangre,
bañado por el curso del sudor rojo;
otras, adornado de tesoros.
Y yo, tendido allí largo rato,
contemplaba con pena el árbol del Salvador,
hasta que lo oí hablar.
Entonces el mejor de los árboles
comenzó a decir estas palabras:
«Hace ya muchísimos años
—y aún lo recuerdo—
fui talado en la línde del bosque,
me arrancaron de mi raíz.
Entonces me apresaron enemigos feroces;
hicieron de mí un espectáculo,
me obligaron a alzar a sus condenados.
Me llevaron hombres sobre sus hombros
hasta plantarme en una colina,
y allí me afianzaron muchos enemigos.
Entonces vi al Señor de los hombres
acercarse con paso resuelto,
con un valor inmenso:
quería subir sobre mí.
No osé, contra su voluntad,
inclinarme ni quebrarme,
aunque vi temblar los confines de la tierra.
Hubiera podido abatir a todos los enemigos,
y, sin embargo, me mantuve firme.
Entonces el joven héroe se despojó de sus vestiduras
—era Dios todopoderoso—,
fuerte, decidido,
y subió al alto patíbulo,
valeroso ante los ojos de todos,
pues quería salvar a la humanidad.
Temblé cuando aquel guerrero me abrazó.
Y, aun así, no me atreví a doblarme hacia la tierra
ni a caer sobre el polvo.
Tenía que permanecer erguido.
Fui alzado como cruz.
Levanté al Rey poderoso,
al Señor de los cielos.
No osé inclinarme.
Me traspasaron con oscuros clavos.
Aún pueden verse en mí las heridas,
las hondas llagas abiertas.
No me atreví a dañar a ninguno de ellos.
Nos ultrajaron a los dos,
a Él y a mí, juntos.
Y todo yo quedé cubierto de sangre,
de la sangre que manó de su costado
cuando entregó el espíritu.
Mucho sufrí en aquella colina
bajo el peso de un destino cruel.
Vi al Dios de los ejércitos
soportar la humillación.
Tinieblas envolvieron
el cuerpo del Señor;
nubes sombrías ocultaron
su brillo puro.
La sombra se extendió bajo los cielos.
Toda la creación lloró.
Toda la creación lamentó la caída del Rey.
Cristo estaba en la cruz.
Y, sin embargo, desde lejos llegaron algunos,
presurosos, hacia el Príncipe.
Yo lo contemplé todo.
Estaba traspasado de dolor,
y aun así me incliné hacia las manos de aquellos hombres,
humilde, con toda mi fuerza.
Tomaron entonces al Dios todopoderoso
y lo alzaron de aquel suplicio cruel.
A mí me dejaron en pie los guerreros,
empapado en vaho,
todo herido, todo atravesado.
Recostaron allí al agotado,
se quedaron junto a su cabeza,
contemplaron al Señor del cielo,
que reposó un instante,
fatigado tras el gran combate.
Luego comenzaron los hombres
a hacerle un sepulcro,
a la vista de su asesino.
Lo tallaron en piedra luminosa
y pusieron allí al Señor de la victoria.
Entonces los pobres entonaron
cantos de tristeza al caer la tarde,
cuando querían alejarse,
cansados, del gran Señor.
Él quedó allí con unos pocos.
Y nosotros permanecimos llorando
largo rato en nuestro sitio,
después de que partieran los guerreros.
El cuerpo se enfriaba,
la hermosa morada de la vida.
(…)
Yo fui antaño
el más duro de los suplicios,
el más odiado por los hombres,
antes de abrir para ellos
el camino recto de la vida.
Mirad cómo me honró entonces
el Señor de la gloria,
el guardián del reino celeste,
por encima de todos los árboles del bosque.
Y del mismo modo honró a María, su madre,
el Dios todopoderoso,
por encima de todas las mujeres.
Ahora te ordeno, amado mío,
que cuentes esta visión a los hombres,
que reveles con palabras
que este es el árbol de la gloria,
aquel en que sufrió el Dios todopoderoso
por los muchos pecados de la humanidad
y por la vieja culpa de Adán.
Allí gustó la muerte,
y, sin embargo, después se alzó de nuevo,
el Señor, con su gran poder,
para ayuda de los hombres.
Después subió a los cielos.
Y volverá otra vez
a este mundo de en medio,
en el día del juicio,
el Señor mismo,
Dios todopoderoso,
con sus ángeles,
cuando venga a juzgar
a cada uno según haya merecido
en esta vida prestada.
Nadie podrá estar entonces sin temor
ante la palabra del Soberano.
Preguntará ante la multitud
dónde está el hombre
que quiso gustar por su nombre
la amarga muerte,
como Él la gustó sobre el madero.
Entonces muchos temblarán,
y pocos sabrán
qué responder a Cristo.
Pero no tendrá nada que temer
quien lleve en el pecho
el mejor de los signos.
Porque por la cruz
debe buscar el Reino
toda alma
que quiera morar con el Señor».
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