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| «Las guadañas». Obra de N. C. Wyeth (1882-1945). |
SIEGA
Por Robert Frost (1874-1963)
En la linde del bosque no había otro sonido que aquel,
el de mi larga guadaña susurrando a la tierra.
¿Qué susurraba? Ni yo mismo lo sé;
quizá fuera algo sobre el calor del sol,
algo, quizá, sobre la sosegada quietud,
por esa razón susurraba y no hablaba.
No era un sueño del don de las horas ociosas,
ni oro fácil de la mano de un hada o un elfo:
cualquier cosa fuera de la verdad habría parecido demasiado débil
para el amor sincero que dejaba la hondonada en hileras,
no sin frágiles espigas de flores
(pálidas orquídeas), y ahuyentaba a una serpiente verde y brillante.
El hecho es el sueño más dulce que el trabajo conoce.
Mi larga guadaña susurraba y dejaba a la hierba convertirse en heno.

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