CANCIÓN DE LOS REGALOS PARA DIOS
G. K. Chesterton
(1874-1936)
Cuando los primeros regalos de Navidad llegaron,
La paja donde Cristo dormía
Olía más dulce que el incienso, ardía más lúcida que el oro,
Y uno de los Magos dijo: «No haremos presentes;
A ese Niño nada hay que le falte».
«No», dijo el siguiente,
«Ante todos los regalos nuevos, ante este presente o aquel,
Se inclina la alta gratitud de Dios;
Ved como Él, ahora, hermano mío,
Que tuvo un Padre desde siempre, le da las gracias también por una Madre».
«Sin embargo, ¿qué son para Él esta piedra amarilla o estos olores cosquilleantes?,
¿Qué son, para Quién sostiene en sus manos el corazón de oro del sol?
Ese corazón que alimentó estas vigas de leña.
No existe lirio sin olor para Aquel que huele las estrellas».
Entonces habló el tercero de los Reyes Magos; el más sabio de los tres:
«Por largas que sean nuestras vidas,
Nunca podremos engrandecer la libertad de Aquel Cuyas alas abarcan el mundo.
No es Él quien tiene necesidad, somos nosotros».
«No es que Él tenga más que ganar,
Sino que nosotros tenemos más que perder.
Menos oro se perderá, decimos, menos oro, si así lo decidimos,
Irá para las rameras de Grecia y los mercaderes de Judea».
«Menos nubes antes pies colosales de ídolos se teñirán de rojo en la penumbra,
Ante los dioses ciegos de Babilonia arderá menos incienso esta noche,
Ante las altas bestias de Babilonia, cuyas bocas hacen burla a la justicia».
«Niño de los mil cumpleaños, nosotros, jóvenes pero ya ancianos,
A quienes los siglos encanecen, no encontramos nada mejor que decir,
Nosotros, que con sectas y caprichos y guerras hemos malgastado el día de Navidad».
«Enciende Tú el incensario ante Ti mismo, pues nuestros fuegos palidecen,
Graba Tú en nuestra moneda tu imagen, pues la imagen de César se desdibuja,
Y un demonio mudo de orgullo y codicia se ha apoderado de él».
«Traemos ante Ti, de vuelta, la gran Cristiandad,
Iglesias, ciudades y torres.
Y, si nuestras manos se alegran, oh Dios, de postrarlas a tus pies como flores,
No es porque enriquezcan Tus manos, sino porque así están salvas de las nuestras».

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